
Este 12 de octubre de 2026 la ciudad cumple 177 años y los conmemora en medio de los desastres que dejó el terremoto del pasado 10 de agosto. Desde su fundación Manizales ha padecido una serie de catástrofes, tragedias, desastres y percances, pero sus habitantes han sabido superar las duras pruebas apoyados en la propia historia, en el amor por la ciudad y en la capacidad de adaptarse de manera positiva a las situaciones adversas. Veamos los casos más evidentes:
Primeros temblores y terremotos
Casi desde su fundación la aldea se hizo famosa por los temblores de tierra, pero ni los fuertes sismos frenaron el crecimiento urbano. El 18 de mayo de 1875, a las 11 de la mañana, se sintió un fuerte temblor que ocasionó graves daños en los tres torreones que adornaban el frontis de la iglesia. Después, en mayo de 1876, hubo otro terremoto, a las 2 de la tarde y duró tres minutos, agrietó muchas casas, pero no derribó ninguna. Dos años más tarde, en febrero de 1878, hubo otro temblor que causó leves daños, pero produjo tremendo pánico en la población. En noviembre del mismo año, otro temblor derribó la portada de la iglesia, desentejó y agrietó numerosas casas de la plaza y de la Calle Real, y otras se desplomaron. Y, para rematar, el 5 de noviembre de 1884, a media noche, hubo un terremoto tan violento que se averió el frontis de la iglesia que estaban reconstruyendo y se tomó la decisión de demoler el templo.
Desde este año habían empezado a construir las casas con una nueva metodología, de tapias el primer piso y de madera el segundo, siguiendo el ejemplo de don Ricardo Arango, quien construyó de ese modo su casa ubicada en la calle de Córdoba (del Guayabo); esta edificación no sufrió ningún daño con el temblor de 1885. Este mismo sistema se aplicó para los templos: construir los cimientos de mampostería y el resto de madera. De este modo se procedió para el nuevo templo que se convertiría en Catedral, así como para el de La Inmaculada Concepción, el de San José y las capillas. Había empezado el “estilo temblorero”.
En 1880 llegó a Manizales el viajero Alemán Friedrich von Schenk y escribió que pocos meses después de estos terremotos se activó la vida económica y aparecieron albañiles y carpinteros construyendo nuevas casas. Además, arribaron comerciantes y empresarios convencidos de que en Manizales se podía hacer dinero.
Empezando el siglo XX hubo numerosos movimientos telúricos pero los más recordados fueron los ocurridos en 1906 y 1923. Después llegaron las tragedias más espeluznantes.
El incendio de 1922

A pesar de las construcciones en bahareque casi no había incendios en Manizales; esto se debía a que las señoras eran muy cuidadosas en las cocinas y porque el combustible utilizado era, principalmente, carbón vegetal que no levanta llama, y cuando ocurría una desgracia en una casa de familia se controlaba el fuego con facilidad.
De acuerdo con el censo de 1918 Manizales tenía una población de 43.203 habitantes de los cuales 21.000 vivían en el área urbana; era considerada una ciudad hermosa, con bellos edificios, con un comercio variado y abundante, que atraía turistas de toda la región. El domingo 16 de julio de 1922 unos 1.600 niños, de establecimientos de educación de todo el departamento, llegaron a la ciudad; traían banderas, uniforme especial, más un sombrero con una cinta donde se destacaba el nombre de su pueblo; habían arribado en excursión académica para conocer la capital y participar en la programación del 20 de julio. Sin embargo, todos los estudiantes quedaron consternados con el incendio que les tocó presenciar en la víspera. El 19 de julio, a las tres de la mañana, las campanas de las iglesias anunciaron un pavoroso incendio. El hecho sucedió en un depósito de velas de parafina que había en el primer piso de la casa del comerciante Joaquín Gómez Botero ubicada en la actual calle 20 entre carreras 20 y 21.
Según el cronista Luis Londoño las llamas se extendieron a los edificios vecinos y los habitantes llegaron apresurados a salvar los muebles y mercancías, mientras apagaban el incendio. El fuego consumió rápidamente los edificios de la casa comercial de Gómez Hermanos, los almacenes de la casa alemana de A. Helda; la imprenta de la empresa del periódico La Patria y el taller de talabartería del señor Tulio Meza. Para detener el fuego por este lado tumbaron la hermosa casa de habitación del rico comerciante don Marco Gómez, gerente de la firma Gómez Hermanos; esta empresa perdió cuatro casas, con sus almacenes ubicados en el primer piso. Como las calles eran tan estrechas las llamas pasaron de un alero a otro, hacia las casas del frente y consumieron los edificios de don Antonio Gómez A. y de don Jorge Hoyos, también comerciantes. Fueron afectados la cigarrería La Patria, la agencia de chocolate “El Martillo” y el depósito de granos del señor Ramón Jiménez; varias casas fueron derrumbadas sin necesidad, para evitar la propagación de las llamas. En esa época no había cuerpo de bomberos y, por esta razón, el fuego consumió una manzana completa y la calle de enfrente. En esta oportunidad varias calles y el parque del Libertador (Parque de Bolívar) se convirtieron en depósitos para proteger muebles, enseres y mercancías, que sacaban de las casas y almacenes.
La tragedia de 1925

Todavía no se había recuperado la ciudad del incendio de 1922 cuando llegó la otra conflagración. El 3 de julio de 1925, pasadas las 9 de la noche, se inició el fuego en la Droguería Andina, en la carrera 22 con calle 21; en el establecimiento tenían almacenados materiales muy inflamables lo que explica la rápida propagación del fuego, que solo lograron extinguir a las 11 de la mañana del día siguiente. Como en esa época no había cuerpo de bomberos las señales de alarma se daban por medio de campanas y se llamaba “plegaria”. Las autoridades y la ciudadanía trabajaron intensamente en la extinción del incendio, utilizando vasijas y otros utensilios como herramientas. Al cabo de un rato el fuego parecía dominado, pero como en la droguería vendían mercancías y municiones para revólveres, escopetas y rifles, se produjo la explosión que atemorizó a la gente; el incendio tomó más fuerza y se propagó a las manzanas vecinas.
Se hicieron presentes en el lugar el personero municipal doctor Tulio Gómez Estrada, el alcalde José Manuel Gutiérrez Peláez y el gobernador del departamento doctor Gerardo Arias Mejía. El personero buscó a los ingenieros al servicio del municipio y planearon varios métodos para luchar contra el fuego; participaron el Ejército, la Policía y los ciudadanos. En forma rápida el incendio se extendió al costado occidental de la plaza de Bolívar y continuó hacia la calle de la Esponsión que corresponde en la actualidad a la carrera 23; en otra dirección llegó hasta “La Cuchilla”.
Esto era una catástrofe, cuando destruían edificios para aislar las llamas, los restos de la demolición servían de combustible; entonces las autoridades optaron por volar con dinamita algunos edificios que se encontraban retirados. El pánico se apoderó de los habitantes; llegaron la confusión y el desespero. Todos acudían al lugar de los hechos; en la medida en que avanzaba el incendio desocupaban casas y almacenes. Las mercancías y enseres se trasladaban a la plaza de Bolívar y al sitio donde se hacían las ferias, denominado “El Corral”, carrera 20 con calle 22 (donde después se construyó el edificio de La Patria). Allí se depositaron muebles, mercancías y toda clase de objetos domésticos”.
Al amanecer se quemó el edificio de la gobernación; construido en madera, de cuatro pisos, con revestimientos metálicos. Aquí ardieron los archivos y también se perdió el Museo de Manizales, fundado en 1885, en el que había objetos muy curiosos pertenecientes a los fundadores de la ciudad; por ejemplo, estaban los estribos de don Pablo Jaramillo, quien permaneció la mayor parte de su vida a caballo “y como no usaba calzado en los estribos había quedado estampada la horma de su pie”.
El incendio terminó el sábado 4 de julio por la mañana, pero las actividades continuaron todo el día para evitar que el rescoldo candente propiciara un nuevo incendio. Las ruinas siguieron ardiendo durante ocho días. El gobernador decretó el Estado de Sitio para evitar los robos. Soldados y policías patrullaron las ruinas y las calles aledañas. El saldo fue desgarrador pues se quemaron 229 edificaciones del corazón de la ciudad, localizadas en 32 manzanas; 21 de éstas fueron completamente arrasadas.
¿Por qué se quemó casi toda la ciudad? Porque una cosa es manejar velas de parafina con pabilo, para alumbrar por la noche y carbón vegetal para las cocinas, y otra cosa bien distinta utilizar “cables, fusibles y resistencias”; llegó la luz eléctrica, pero sin buenas redes de energía. Tampoco había un buen acueducto, ni cuerpo de bomberos, ni agua suficiente.
A raíz del incendio muchos empresarios abandonaron el pueblo en ruinas y buscaron poblaciones más seguras como Bogotá, Cali, Medellín y Barranquilla; pero otros se fueron a vivir a las fincas mientras construían las nuevas viviendas. Tan pronto se enfriaron las cenizas del incendio el Concejo Municipal, en un cabildo abierto con participación de las llamadas fuerzas vivas, sentaron las bases para la reconstrucción. Se expidió un acuerdo por medio del cual se decretó el ensanche de las calles que cruzaban la zona incendiada, con el fin de aislar más las manzanas para casos de incendio y con el objeto de modernizar y hermosear la parte de la ciudad correspondiente a la zona de la conflagración.
Cuando los sectores dirigentes hicieron el balance del incendio concluyeron que se podía superar la desgracia, porque las compañías de seguros pagaron las pólizas a sus clientes para que levantaran otra vez sus casas e impulsaran las empresas comerciales afectadas. El Gobierno Nacional llegó en auxilio con importantes apoyos económicos porque el país todavía disfrutaba de los dineros de la llamada “Danza de los millones”; y la clase empresarial de Manizales y de la región, aún traían el empuje económico que venía aportando la economía cafetera y el comercio de importación y de exportación.
Ahora podían soñar con una ciudad moderna, de calles anchas para que pasaran los carros y “donde no apareciera el bahareque”, sino el cemento, el ladrillo y el hierro. Como no había acueducto capaz de abastecer de agua abundante y potable a la población y de un alcantarillado público que respondiera a las necesidades de sus habitantes, fue necesario que llegara el incendio para que tales obras despertaran el interés. De este modo se aprovechó la tragedia para modernizar la ciudad.
El incendio de la catedral

Ocho meses después de la conflagración anterior los manizaleños seguían con emoción la reconstrucción pues ya se estaban levantando 40 modernos edificios; había optimismo, pero el sábado 20 de marzo, a las 5 de la mañana, empezó a salir un hilo de humo de la parte alta del edificio Centro Social. Un par de novios que salían de la catedral dieron la voz de alarma y a los pocos minutos las calles eran hormigueros de gente en marcha precipitada hacia el lugar del siniestro. A las cinco y treinta el fuego se había apoderado de la casa de don Alejandro Gutiérrez y pasó a la de los señores Aquilino Villegas y Martiniano Gutiérrez. En ese momento llegó el señor obispo, monseñor Tiberio de J. Salazar y Herrera, pero los fieles le cortaron el paso y no lo dejaban entrar a la catedral para que no fuera víctima del fuego; sin embargo, entró con los sacerdotes y sacaron los vasos sagrados y la Sagrada Eucaristía. Ante el ejemplo varios fieles empezaron a colaborar y rescataron el bellísimo altar de bronce dorado, el solio episcopal y los ornamentos eclesiásticos, las imágenes, el púlpito, algunos armarios, mesas, columnas, repisas, candelabros, arañas, confesionarios, sillones, sillas y consolas; lo único que tuvieron que dejar, porque el fuego no dio tiempo, fue el valioso viacrucis.
El cuerpo de bomberos no pudo salvar la catedral porque no tenía el equipo necesario para atajar semejante incendio y, como desde el principio vieron que corría mayor peligro el hermoso Palacio Municipal, concentraron todos los esfuerzos, en defender dicho edificio. “Para la Catedral no pudo encontrarse ni una jarra de agua, ni una simple escalera”.
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