Los intelectuales y la política: El caso de Aquilino Villegas

Desde principios del siglo XX surgió en Manizales un grupo integrado por hombres de letras que se apoyaron en la cultura para irrumpir en la política. Para lograrlo crearon periódicos con el fin de extender su influencia en la provincia y luego en el país. En este ambiente un grupo de partidarios del republicanismo fundó El Criterio (año 1910) bajo la dirección de Jorge S. Robledo. En 1915 Pedro Luis Rivas, de extracción conservadora y tradicionalista en todos los aspectos, fundó El Eco para apoyar el republicanismo de Carlos E. Restrepo. En 1921 circuló el diario La Patria fundado por Francisco José Ocampo, para impulsar la candidatura conservadora de Pedro Nel Ospina. Poco después, en 1923, se fundó El Universal, dirigido por Gonzalo Restrepo. Este era el medio más autorizado del liberalismo caldense. En sus columnas se desató una lucha cotidiana contra el régimen conservador.

En este ambiente se destacó Aquilino Villegas, nacido en Manizales el 14 de abril de 1880 en el hogar conformado por don Ignacio Villegas, de Abejorral, y doña Cesarfina Hoyos, de Sonsón, quienes arribaron a Manizales, más conocida como “Morrogacho”, cuando todavía era una aldea con casas de techo pajizo y calles desniveladas en medio de barrancos y cañadas. Aquilino estudió en el colegio Santo Tomás de Aquino fundado por José María Restrepo Maya y más tarde dirigido por el pedagogo Jesús María Guingue. Se aficionó a la lectura de libros gracias a su hermano mayor José Ignacio.

Cuando terminó el bachillerato o los estudios secundarios, ingresó a la Universidad Nacional para estudiar Derecho y Ciencias Políticas, pero, antes de recibir su grado en 1899, se alistó en uno de los batallones del Partido Conservador que marchaba hacia Santander y se involucró de lleno en la Guerra de los Mil Días. En la famosa y cruel batalla de Palonegro recibió dos heridas de bala, cicatrices que esgrimió después como sus más importantes condecoraciones. 

Mientras disfrutaba de la paz de la posguerra se dedicó al comercio, a la lectura y a la poesía. Conocía varios idiomas y se comunicaba con soltura en italiano, portugués, latín y francés; se familiarizó con los idiomas desde el colegio, pero en la ciudad había varios libreros que importaban obras, diccionarios y manuales y numerosos extranjeros para practicar la conversación. La pasión de Aquilino era la poesía; al respecto anotó uno de sus mejores amigos, el escritor Juan Bautista Jaramillo Meza, que:

En Bogotá había hecho relaciones de amistad con los poetas y literatos de mayor prestigio en esa época. Con Guillermo Valencia, que estaba en su plenitud resplandeciente, con Baldomero Sanín Cano, con Víctor M. Londoño, con los bardos de la Gruta Simbólica, con todos los escritores de vanguardia. Todo el vigor intelectual de su Juventud quedó esculpido en poemas modernistas y en prosas resonantes. Fue el más impetuoso de los cultivadores del decadentismo de moda, el más entusiasta de los discípulos del maestro de Nicaragua. En su obra poética, fuerte y original, hay sin embargo, ecos de la influencia de Rubén, desvanecidos en el frondaje lírico de un poeta de auténtico linaje.
 (Jaramillo Meza J. B., 1951, pág. 97).

Para 1903 Aquilino era el más representativo de los escritores de la parroquia; cuando Manizales apenas tenía 20.000 habitantes, este excéntrico intelectual disfrutaba escandalizando a los humildes pobladores y a la élite, con sus poses arrogantes, consciente de su clase social, de su formación intelectual y de su amplia cultura:

Vestía como un dandy londinense, en tiempo en que aquí imperaban la ruana y el traje de provincia, deslucido en sus pliegues anticuados. La indumentaria de Aquilino provocaba las protestas de los puritanos. Sus chalecos de felpa de subidos colores, sus corbatas detonantes, sus trajes impecables de última moda, su colección de guantes exóticos, sus sombreros originales que resaltaban en el torbellino de jipijapa, sus sobretodos de tres cuartos con cuellos de piel, constituían un escándalo en la parroquia. Y Aquilino sonreía del estupor de sus paisanos.

En su excentricidad, había traído de Bogotá una carreta de intenso color negro, con rayas amarillas que cruzaban como serpientes el fondo oscuro. Un paciente caballo de tiro -que al nombre de COCUYO alzaba la cabeza y seguía como un perro fiel los pasos de su dueño- uncido a la carreta, iba y venía a lento trote por las calles del pueblo. Aquilino, como un dandy, con traje de paseo, con la fusta en la mano derecha y en la izquierda la brida, solía pasear su exotismo en compañía de damas y caballeros de sociedad. No había más vehículo en Manizales. Y era tan cándido el ambiente provinciano, y tan exageradas las costumbres de la época, que aquella ingenua diversión fue considerada pecaminosa y censurada por algunos sacerdotes, con el beneplácito de los vecinos.

 (Jaramillo Meza J. B., 1951, págs. 100-101).

Aquilino se permitía estos lujos porque tenía dinero, posición social y porque pertenecía a una de las familias más prestigiosas de la élite. No sólo escribía bien sino que cautivaba a los oyentes con su prosa refinada y con los poemas modernistas; además la fuerza de su discurso tenía un tremendo poder de convicción, y como tenía tantas características de superioridad se había ganado muchos enemigos, especialmente dentro de su partido político. Despertaba demasiada envidia y por eso era implacable con sus detractores:

En horas de combate político, cuando azuzado por mil lanzas contrarias se debatía como todo un paladín, contra tirios y troyanos, contra sus adversarios capitalinos de lanzón blasonado y contra los escarabajos de parroquia que le roían los zancajos, Aquilino, como un invicto gladiador ni pedía, ni daba cuartel.

 (Jaramillo Meza J. B., 1951, pág. 88)

Para tener información completa escuchar audio bajo la imagen

Fuentes:

  • Jaramillo Meza, J. (1951). Estampas de Manizales. Imprenta del Departamento, Manizales.
  • Álvarez Retrepo, A. (1977) Memoria de varones ilustres. Imprenta Departamental de Caldas, Manizales

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