15 AÑOS DEL PAISAJE CAFETERO. LAS MIGRACIONES Y LA VIDA EN LA SELVA

EL 25 de junio de 2011 la Convención de Patrimonio Mundial de la UNESCO declaró el territorio del Paisaje Cultural Cafetero de Colombia como Patrimonio Universal de la Humanidad y entró a la lista de sitios mundiales de protección especial.

Es que la caficultura ha tenido épocas de bonanzas y de crisis; una buena época se inicia en los años cincuenta, que coincide con el período de la tremenda violencia política que sacudió al país. En 1960 se produce la expansión cafetera y está acompañada de la bonanza de los años setenta.

Pero también entraron las crisis: en 1983 llegó la roya; en 1988 los cafetales fueron infestados por la broca; y en 1989 se rompió el Acuerdo Mundial del Café, que asestó un duro golpe a los ingresos de 566.000 familias. El mercado libre trajo dificultades para el país: disminuyeron las divisas, se estancó la industria cafetera, bajaron los ingresos de los productores y nuestra caficultura perdió importancia en el concierto mundial.

Ante esta realidad hubo que buscar alternativas para superar la crisis; había que recuperar el sentido de pertenencia y la capacidad de trabajo de las familias cafeteras.  Sin embargo, llegó en apoyo la UNESCO cuando incluyó el territorio del Paisaje Cultural Cafetero de Colombia en la categoría de Paisajes Culturales; una Declaración que reconoce que la región es un ejemplo excepcional de un paisaje cultural sostenible y productivo; que este paisaje es único en el mundo y que, además, aquí se han desarrollado una cultura y un capital social excepcionales.

Hay que recordar cómo se transformó el territorio para llegar a lo que hoy conocemos como Paisaje Cafetero. Todo empieza con las migraciones de campesinos pobres y de empresarios acaparadores a las tierras del sur de Antioquia, proceso que se inició a finales del siglo XVIII, gracias a las reformas borbónicas impulsadas por Francisco Silvestre y por Juan Antonio Mon y Velarde; pero con el nuevo siglo centenares de familias cruzaron el río Arma, dieron vida a la población de Armaviejo, se asentaron en la futura Aguadas desde 1808 y posteriormente se plantaron en Sabanalarga y luego en Salamina, colonia que fundaron oficialmente en 1825.

La vida en la selva

El colono llega con su familia a un territorio desconocido, se ubica en un claro del bosque, levanta un rancho utilizando guadua, arboloco o pedazos de árbol; de techo utiliza hojas de palmicho o de yarumo, instala un cerco alrededor del rancho para que no entre el tigrillo, el oso de anteojos o la tatabra, con el paso del tiempo siembra maíz y fríjol, pero por ahora le toca vivir de lo que ofrece el medio: animales de caza y frutas silvestres, miel de abejorros y la pesca que abundaba.

La cacería era una actividad muy agradable y obligatoria, sobre todo cuando los campesinos son recién llegados a la tierra desconocida y apenas están derribando el pedazo de selva y cultivando maíz y fríjol; como no hay mucha comida no queda más opción que salir a cazar; les gustaba esta actividad porque necesitaban carne y porque los sacaba de la monotonía. Los preparativos para una excursión de caza exigían alistar varios perros, escopetas de fisto, el fiambre, algunos lazos para atar los perros y mucha panela.

El animal más apetecido era la guagua, debido a la excelente calidad de su carne, por su tamaño pues pesa entre 30 y 40 libras, y por su piel; pero es un animal muy ágil y veloz, tanto en tierra como en el agua. Hace su guarida en lo más intrincado de la selva; organiza una especie de cama con hojas secas y paja; desde este lugar parten en distintas direcciones varias galerías y camufla las entradas del exterior con hojarasca y deja libre una sola abertura por donde entra y sale. Cuando siente que un perro la descubre y ladra a la entrada de la madriguera se prepara para huir por una de las salidas de emergencia; corre durante 100 o 200 metros y luego se detiene a escuchar; si oye el ladrido de los perros que se acercan emprende de nuevo fugaz carrera y no se detiene hasta lanzarse en la corriente del río o quebrada que tenga cerca; los perros pierden la pista pero los cazadores, que están apostados conservando distancia en el curso del río, cogen al animal cuando pasa llevado por la corriente.

Otro animal bastante apetecido era el gurre o armadillo; su carne es blanca como de cerdo y la sangre la utilizan para el tratamiento del asma; permanece mucho tiempo en cuevas que él mismo organiza y que son su mejor defensa. Cuando los perros lo acosan cava una cueva con gran velocidad y si el cazador lo quiere sacar tirándolo de la cola, se esponja fijando su coraza en las paredes de la cueva y la única forma de sacarlo es introduciéndole un palito por el ano, lo que hace que el animal se relaje y se contraiga. Cuando está en terreno pendiente y quiere escapar recoge el cuerpo dentro de la concha y se echa a rodar loma abajo. De este modo evita el peligro con maestría.

Se destaca también el cusumbo; es del tamaño de un perro mediano, su carne tiene empella y de ella sacaban la manteca utilizada para los dolores reumáticos. Abundaba el guatín, un roedor muy apreciado por su exquisita carne, fue perseguido sin misericordia por los cazadores; es pequeño pues pesa unos cinco kilos.

Era bastante común la tatabra, una especie de porcino, de sabrosísima carne muy apreciada por los campesinos. Otro animal cazado sin misericordia era el tigre o jaguar, de hermosa piel semejante a la del leopardo; fue perseguido especialmente porque acababa con los gallineros.

La situación mejoró para nuestros campesinos cuando cogían la primera cosecha de maíz y fríjol; después vendrían los cultivos de yuca, plátano, arracacha, batata, cidra y las plantas de aliño; más tarde la caña de azúcar y el trapiche panelero ofrecen miel, panela y aguardiente. Mientras tanto el gallinero brinda huevos y carne y se podía dejar la cacería solo para determinadas ocasiones.

Estas familias pobres que venían de Antioquia y de otras regiones, fortalecidas por el sistema federal, conservaban las tradiciones, por esta razón los colonos migraron con sus sabores, con su alimentación. Por lo tanto la huerta, la roza, la sementera, el gallinero y el trapiche panelero, impusieron la comida. Nuestros campesinos trabajaban duro y comían bastante, con una dieta rica en carbohidratos; el menú para el diario y celebraciones especiales incluía sancocho, fríjoles con plátano, mazamorra de maíz, arepa redonda y plancha, gurre o armadillo sudado, torcaza asada, guagua en sancocho o asada, chucha o zarigüeya a la brasa, cazuela de conejo, fríjoles con chócolo, fríjoles verdes, sopa de guineo, sopa de guacharacas, sopa de arracacha, de mote, de arepa, de arroz, de vitoria, de mafafa, de patacones y de chócolos. Cuando se disponía de trapiche panelero abundaban los dulces: bolitas de yuca o arracacha en miel, queso de piña y coco, queso de guanábana, merengues, esponjado de curuba, dulce de cidra o guasquila, dulce de mora, natilla de maíz, torta de batata, bizcocho de vitoria, cernido de guayaba, bocadillo de guayaba, vitoria calada, dulce de arracacha, sorbete de banano, caspiroleta; como sobremesa para el almuerzo y la comida estaban el agua de manzanilla, el claro o la mazamorra, agua de cidrón, chicha de piña, de apio y guarapo (Hernández S. 1912).

Desde los primeros años el proceso de colonización se fortaleció la cultura del maíz que se enriqueció con la que encontraron los campesinos en las zonas a donde llegaron; por ejemplo los colonos que arribaran a la zona indígena de Supía, Riosucio y Anserma, supieron aprovechar las diferencias culturales para enriquecer la dieta alimenticia; tal es el caso de los envueltos de choclo, las estacas de mote, los chiquichoques o nalga de ángel y el bizcochuelo u ogagato, productos que hoy sobreviven en los resguardos indígenas de Riosucio.

En esta rápida visión de la vida cotidiana en las zonas de colonización del Paisaje Cultural Cafetero es bueno enfatizar en la familia y su papel protagónico en todo el proceso. Los hombres solos no podían salir a colonizar o a enfrentarse al bosque porque esta acción significaba internarse en la selva durante varios años; solo la actividad familiar podía acometer esta empresa por las posibilidades de la reproducción, la socialización y la división del trabajo.

Cuando se aumentaba la familia y crecían los hijos, el padre y los muchachos mayores se encargaban de actividades fuertes como quitar la maleza, los bejucos y la hojarasca para entrar al bosque, tomar un hacha y talar árboles, quemar las ramas y astillas secas, cultivar la roza y la sementera, mantener los cercos, limpiar y conservar los caminos. Las mujeres se dedicaban a los oficios domésticos, pero no eran fáciles: preparar los alimentos, cuidar la huerta, atender el gallinero y los cerdos; mientras que los niños se encargaban de garitear o llevar los alimentos a los padres y hermanos que estaban atendiendo la roza o la sementera y tenían como tarea muy especial proteger el cultivo de maíz de pájaros y de ardillas.

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