Los mensajeros de las trochas

El arriero pasó a la historia porque desempeñaba múltiples oficios. Su indumentaria era peculiar: pantalones de lienzo remangados a la altura de la rodilla, franela delgada y camisa ancha de tela suave; con la pata al suelo o calzando cotizas, sombrero aguadeño, mulera de lona gruesa atada en la cintura; pañuelo “raboegallo” enroscado en el cuello; cinturón de correa ancha y un machete o peinilla de hermosa funda; terciado al hombro derecho el famoso carriel de nutria, donde guardaba cachivaches importantes como la aguja de arria, el espejo, el peine, la barbera, un par de dados, los naipes, un monicongo para defenderse de los malos espíritus, la contra para la mordedura de serpientes, el yesquero, los tabacos, una libreta de apuntes y una dulzaina para cantar en la fonda.El arriero era de absoluta confianza. Sabía leer y escribir, redactaba cartas de amor y las entregaba a los destinarios, pero también distribuía encomiendas y mensajes entre las fondas, aldeas y pueblos. Era el hombre de las noticias, se mantenía bien informado y explicaba a los campesinos que se encontraban en sus casitas, a la vera del camino, cómo estaba la situación política del país o cuál era el estado de la guerra civil. Considerado un caballero honorable, se le podía confiar un cofre con oro en polvo y lo llevaba correctamente a su destino.  Podía cantar, tocar el tiple o la guitarra e improvisar trovas, en la posada, para entretenerse con los otros arrieros y viajeros en las fondas del camino.

2 comentarios sobre “Los mensajeros de las trochas

Replica a Luis Augusto Londoño J Cancelar la respuesta