
Recordemos que Manizales padeció tres pavorosos incendios que casi arrasan con la ciudad. El primero se inició el 19 de julio a las 3 de la mañana en el depósito de velas de parafina que había en el primer piso de la casa del comerciante Joaquín Gómez Botero, en pleno corazón del centro histórico. Como no había cuerpo de bomberos el fuego consumió una manzana completa y la calle de enfrente.
Todavía no se había recuperado la ciudad de este incendio cuando llegó otra catástrofe. El 3 de julio de 1925, pasadas las 9 de la noche, se inició el fuego en la Droguería Andina, en la carrera 22 con calle 21, en el establecimiento tenían almacenados materiales muy inflamables lo que explica la rápida propagación del incendio. Se quemaron 229 edificaciones del centro de la ciudad, localizadas en 32 manzanas.
El tercer incendio fue hace 100 años. El sábado 20 de marzo de 1926, a las cinco de la mañana empezó a salir un hilo de humo de la parte alta del edificio Centro Social. Un par de novios que salían de la catedral dieron la voz de alarma y a los pocos minutos las calles eran hormigueros de gente en marcha precipitada hacia el lugar del siniestro. A las cinco y treinta el fuego se había apoderado de la casa de don Alejandro Gutiérrez y pasó a la de los señores Aquilino Villegas y Martiniano Gutiérrez. En ese momento llegó el señor obispo, monseñor Tiberio de J. Salazar y Herrera, pero los fieles le cortaron el paso y no lo dejaban entrar a la catedral para que no fuera víctima del fuego; sin embargo, entró con los sacerdotes y sacaron los vasos sagrados y la Sagrada Eucaristía. Ante el ejemplo varios fieles empezaron a colaborar y rescataron el bellísimo altar de bronce dorado, el solio episcopal y los ornamentos eclesiásticos, las imágenes, el púlpito, algunos armarios, mesas, columnas, repisas, candelabros, arañas, confesionarios, sillones, sillas y consolas; lo único que tuvieron que dejar, porque el fuego no dio tiempo, fue el valioso viacrucis.

El cuerpo de bomberos no pudo salvar la catedral porque no tenía el equipo necesario para atajar semejante incendio y, como desde el principio vieron que corría mayor peligro el hermoso Palacio Municipal, concentraron todos los esfuerzos, en defender dicho edificio. “Para la catedral no pudo encontrarse ni una jarra de agua, ni una simple escalera”.
Cuando lograron controlar el incendio se retiraron los escombros y en el atrio se hicieron los preparativos para levantar el altar para la misa parroquial al día siguiente, que era domingo. Este día la plaza se empezó a llenar desde las ocho de la mañana y a las nueve en punto subió la gradería el señor obispo, acompañado de los sacerdotes de la ciudad; allí estaban también el señor gobernador, el alcalde, los concejales y los patricios Alejandro Gutiérrez, Félix Salazar y Pedro J. Mejía. En su oración dijo monseñor Salazar que “Nunca como en estos momentos habla un pastor a sus fieles con el alma tan llena de tristeza […] Pero tenemos que levantar el templo: tenemos que levantar sobre estas ruinas una casa digna morada de aquel Señor que siempre y en todo momento nos ha asistido […]”
La colecta fue generosa, el padre Adolfo Hoyos Ocampo, el doctor Aquilino Villegas y el empresario Pedro José Mejía pidieron las primeras limosnas; todos aportaron para la nueva catedral según la capacidad económica de cada uno de los asistentes. De inmediato el señor obispo nombró la junta para la construcción de la nueva catedral: de acuerdo con el Libro de Actas, la Junta de Reconstrucción de la iglesia catedral se instaló por el señor obispo, Dr. Tiberio de J. Salazar y Herrera, el día 24 de marzo, a las tres y media de la tarde en la casa episcopal. Estaba integrada por los siguientes miembros: el señor obispo (presidente), presbíteros Luis. E. Muñoz (vicepresidente) y Adolfo Hoyos Ocampo (secretario); doctores Aquilino Villegas y Emilio Arias Mejía; don Manuel Felipe Calle y don Genaro Mejía. En esta reunión se aprobó que se abriera un concurso nacional para los planos de la nueva catedral. El plazo se fijó en 40 días.
En lo que tiene que ver con el concurso nacional para la elaboración de los planos se presentaron los proyectos de Benjamín Eduardo Dussan Canals (bogotano), de Jean Carlo Bonarda (italiano) y de Manuel Rincón (colombiano), pero fue declarado desierto. Ante esta situación se abrió un nuevo concurso y, el 19 de febrero de 1927, don Miguel Gutiérrez envió desde París el siguiente cablegrama: “Obispo Manizales. Tres arquitectos afamados harían proyecto de planos sesenta mil francos. Grupo profesores darán opinión. Ustedes libertad escoger plano definitivo acordárase”.
Los arquitectos pusieron manos a la obra; participaron Julien Auguste Polti, Paul Tournon y Pouteraud. Hubo otro proyecto impulsado con mucho entusiasmo por monseñor Darío Márquez, quien lo contrató por la modesta suma de 500 pesos; el arquitecto que lo diseñó fue Gustave Umbdenstock, conocido como “el príncipe de los arquitectos de Francia, profesor de la Escuela de Bellas Artes y en la Politécnica, Arquitecto en jefe del Gobierno y arquitecto de la Catedral de Estrasburgo”.
El 4 de julio de 1927 la junta seleccionó el proyecto del arquitecto Polti, lo que disgustó a monseñor Darío Márquez. Se aprobó proponerle al arquitecto Polti dirigir la construcción de la obra, “al menos mientras se echan los fundamentos y se principia a levantar el edificio”.
La monumental obra se empezó a levantar sin pausa porque había liderazgo, entusiasmo y recursos económicos. La primera fase de construcción de la catedral duró 17 meses desde marzo de 1928 hasta agosto de 1929, cuando la crisis económica que estalló en Estados Unidos fue cobijando a estos países. Para evitar paralizar los trabajos la Junta de Construcción realizó una colecta entre las personas pudientes de la ciudad y, de este modo, la obra fue avanzando; para animar a los feligreses se realizó la primera misa en la catedral (junio 12 de 1929) aunque el recinto estaba lleno de parapetos y de elementos relacionados con la construcción. Sin embargo, el pueblo acudió masivamente y creció el entusiasmo. En este punto el señor obispo de la diócesis, monseñor Tiberio de J. Salazar y Herrera, reorganizó la Junta de la Catedral, designando como administradores a los siguientes personajes: monseñor Luis Carlos Muñoz, don Emilio Ocampo, Dr. Aquilino Villegas, don Pedro José Mejía, presbítero Adolfo Hoyos Ocampo y el Dr. Emilio Arias Mejía. De acuerdo con el decreto la Comisión “entrará a manejar los fondos, recibir los auxilios, dirigir la correspondencia, manejar el archivo, llevar un libro de actas y pagar cuentas”.
Entre los empresarios que acudieron al llamado para apoyar la catedral se destacó don José María Gómez Botero, residente en la ciudad de París, quien ofreció la suma de cinco mil pesos pagaderos por cuotas. Para tener una idea del significado de ese dinero, a precios de hoy, se puede tener en cuenta que el alojamiento durante un mes, incluyendo alimentación, en el famoso Hotel Europa de Manizales, era de 35 pesos, y que el edificio del Hotel Internacional, situado en la Plaza de Bolívar, tenía un valor de doscientos mil pesos.
Cuando la crisis económica se había apoderado del país quedó postrado el departamento de Caldas, debido a la parálisis de la producción y del comercio de café, para superar las dificultades se le ocurrió al presbítero Adolfo Hoyos Ocampo y a la Junta de la Catedral, organizar diferentes campañas para conseguir recursos.
En esta coyuntura nació, en numerosas parroquias, la idea de vender empanadas. Los sacerdotes y feligreses recogían maíz, papa, carne, cebolla, tomate, ají, frutas y panela. Luego un grupo de señoras recibían el material, hacían las empanadas y las vendían en los toldos que organizaban en los parques; allí se acercaban los fieles y compraban empanadas acompañadas del delicioso jugo llamado sirope, una mezcla de panela diluida en agua, con un poco de clavos de olor, canela y cáscara de naranja. Se dice que la construcción de la catedral costó $1.150.000 y en una Semana por la Catedral se recogía un promedio de 50 mil pesos. Para entender el significado de este dinero, es bueno saber que un mercado semanal, para una familia de 10 personas, costaba 14 pesos; los productos de la canasta familiar, para ocho días, eran: almud y medio de maíz, tres puchas de fríjoles, tres libras de arroz, 10 atados de panela, 18 libras de carne, tres libras de tocino, 20 huevos, dos libras de chocolate y cinco puchas de papas.
Estas actividades para conseguir recursos contribuyeron a oficializar la llamada Semana de la Catedral. Los organizadores nombraban comisiones que se encargaban de realizar los diferentes programas; por ejemplo, en octubre de 1933 se efectuaron los siguientes eventos: un bazar en el Parque de Bolívar, una conferencia del Dr. Jaime Robledo Uribe, una exposición artística y venta de empanadas y golosinas en varias parroquias; todas estas acciones aportaron importantes sumas de dinero. La Sociedad de Mejoras Públicas, el padre Adolfo Hoyos Ocampo y las entidades cívicas y religiosas, tenían una campaña permanente para conseguir recursos. Un aviso publicitario decía: “La catedral de Manizales será el monumento más hermoso del arte gótico en Colombia. Si usted ama a la ciudad coopere con sus donativos a su pronta realización. El señor cura de la catedral, recibe lo que usted quiera darle. Ayúdelo”.
Después de la crisis económica, cuando se reinició la construcción de la catedral, los manizaleños decían que la obra se estaba levantando “a punta de empanadas”, porque este artículo se convirtió en el símbolo para conseguir recursos. Para esa época había muchos tipos de empanadas, dependiendo del relleno y del encurtido o ají, pero las más famosas eran las que vendía Petronila Zamora, más conocida como la “Mona Zamora”; regaló muchas empanadas para la catedral y por eso la gente decía que se había “ganado el cielo”.
El pueblo asumió la construcción de la catedral como su propia obra, pero los ricos de la ciudad también ayudaron. Estaba encartado el padre Adolfo Hoyos porque necesitaba 40 mil pesos para levantar las cuatro torres de las esquinas, su idea era recoger un peso entre 40 mil personas; le comentó esta emergencia al rico empresario Francisco Jaramillo Ochoa quien le dijo que hablara con otros tres hombres de negocios y que entre los cuatro recogerían el dinero; dicho y hecho: don Francisco donó la torre que se llamó San Francisco; don Marco Gómez Botero financió la de San Marcos; don José Pablo Escobar, la de San Pablo, y don Emilio Toro, la de Santa Inés.
En agosto de 1936 se encontraba el padre Ocampo y los miembros de la Junta pilando por el afrecho, muy necesitados de 10 mil pesos; hacían falta cuatro mil para situarlos en Bogotá y seis mil para Buenaventura, para que les enviaran el material y terminar la cúpula central. El padre Hoyos se encerró en el despacho para analizar las cuentas cuando llegó el empresario Guillermo Gutiérrez Vélez y le preguntó por las finanzas, a lo que respondió el sacerdote: ¡Muy mal! “Es que mi madre me envía a preguntarle si le servirían diez mil pesos para la catedral”. A lo que respondió: ¡Tráigamelos en el término de la distancia y luego le explico la urgencia! A los pocos minutos regresó don Guillermo con el valioso cheque.
En noviembre de 1936 se acabó el dinero y se suspendieron los trabajos, mientras conseguían nuevos recursos. Cuando la Junta de la Catedral se quedó sin fondos económicos emprendió otra agresiva campaña para conseguir dinero; la salvación se encontró en las Semanas de la Catedral. Durante los años 1937 y 1938 las obras se paralizaron, sin embargo, el entusiasmo seguía; la plata llegaba con lentitud, pero se necesitaba recoger todo el dinero para terminar la flecha central.
Al fin se recogió el dinero para iniciar la construcción de la flecha central. Llegó a la ciudad el arquitecto Atilio Tormen, procedente de Panamá, y se calculaba que en cinco meses quedaría construida la torre central. Tormen llegó acompañado de Eolo Faulin, comisionado de Angelo Papio. Y el 29 de septiembre de 1939, con la instalación de la cruz, en lo más alto de la torre central, quedó concluida la parte arquitectónica de la catedral, un edificio de estilo gótico, con una interesante combinación de elementos bizantinos.
La flecha central es la parte más imponente del edificio. Desde el piso de la catedral hasta el extremo superior de la cruz tiene una altura de 106 metros y en esa época era el edificio más alto del país. Pero a la altura de 96 metros tiene la corona o el mirador que la gente llamaba el Corredor Polaco ¿Por qué este nombre? Por el Tratado de Versalles (1919) se decidió darle a Polonia una salida al mar Báltico y con este fin se creó un corredor territorial que conectaba el interior de Polonia con la costa. Esa franja estaba formada por le cruce del río Vístula y su desembocadura en el Báltico y se conocía con el nombre de Corredor Polaco. Alemania exigió a Polonia permiso para tender una línea ferroviaria por esta franja, Polonia se opuso, pero Alemania recuperó el territorio por la invasión de septiembre de 1939. En esa época se hablaba tanto del Corredor Polaco que se bautizó con ese nombre el anillo de la torre central de la catedral que se convirtió en el mejor mirador de la ciudad.
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