
Las primeras carretas o coches de tracción animal que llegaron al pueblo de Manizales entraron desarmados por el río Magdalena hasta el puerto de Honda. Desde aquí los llevaron a lomo de mula o de buey por los caminos del Ruiz, La Moravia y Páramo de Aguacatal o de La Elvira.
Después el coche o carreta se desplazaba muy elegante tirado por uno o dos caballos, desde el Parque de Bolívar hasta el de Los Fundadores y luego por todo el camino de El Carretero, que más tarde fue bautizado con el nombre de Avenida Cervantes, hoy Avenida Santander. Los propietarios de estos coches los utilizaban para llegar a sus quintas ubicadas a lo largo de la Avenida. Las casa-quintas o casonas más famosas eran la de los leones (Prusia), algunas en el barrio Versalles, y la inmensa casona de madera de la Estación del Cable Aéreo a Mariquita.
Como esta avenida era plana y larga, se aprovechaba para carreras de caballos por parejas. Los domingos era el paseo obligado: por aquí desfilaban las parejas de novios y los grupos familiares.
La ciudad se estaba extendiendo a lo largo y ancho de la Avenida entonces, desde 1917, la administración municipal, con apoyo de la Sociedad de Mejoras Públicas, sembró árboles a lado y lado de la vía para convertirla en una hermosa alameda. Tenía escaños de trecho en trecho para que descansaran los paseantes.
El coche más hermoso era el de Aquilino Villegas. En 1903 Aquilino era el más representativo de los escritores de la parroquia; cuando Manizales apenas tenía 20.000 habitantes, este excéntrico intelectual disfrutaba escandalizando a los humildes pobladores y a la élite, con sus poses arrogantes, consciente de su clase social, de su formación intelectual y de su amplia cultura:
Vestía como un dandy londinense, en tiempo en que aquí imperaban la ruana y el traje de provincia, deslucido en sus pliegues anticuados. La indumentaria de Aquilino provocaba las protestas de los puritanos. Sus chalecos de felpa de subidos colores, sus corbatas detonantes, sus trajes impecables de última moda, su colección de guantes exóticos, sus sombreros originales que resaltaban en el torbellino de jipijapa, sus sobretodos de tres cuartos con cuellos de piel, constituían un escándalo en la parroquia. Y Aquilino sonreía del estupor de sus paisanos.
En su excentricidad, había traído de Bogotá una carreta de intenso color negro, con rayas amarillas que cruzaban como serpientes el fondo oscuro. Un paciente caballo de tiro –que al nombre de COCUYO alzaba la cabeza y seguía como un perro fiel los pasos de su dueño- uncido a la carreta, iba y venía a lento trote por las calles del pueblo. Aquilino, como un dandy, con traje de paseo, con la fusta en la mano derecha y en la izquierda la brida, solía pasear su exotismo en compañía de damas y caballeros de sociedad. No había más vehículo en Manizales. Y era tan cándido el ambiente provinciano, y tan exageradas las costumbres de la época, que aquella ingenua diversión fue considerada pecaminosa y censurada por algunos sacerdotes, con el beneplácito de los vecinos
(Jaramillo Meza J. B. (1951). Estampas de Manizales, págs. 100-101).
Después, casi todos los empresarios de la ciudad tenían coches tirados por caballos para desplazarse en la zona urbana, pero también vehículos para el servicio público y se ubicaban en el costado oriental del Parque de Bolívar.

Pero la segunda década del siglo XX trajo consigo el paso de los elegantes coches tirados por caballos, al automóvil. Esta nueva etapa de progreso produjo el cambio de mentalidad, narrado por Tomás Calderón en la siguiente página:
Ahora nos matamos en automóviles y en aeroplanos. Primero nuestros abuelos decían: “Lo tumbó”. Hoy todos exclaman: “Se volcó”. Al caballo tropezador sucedió entonces el carro que patina o el avión que se estrella.
Los viejos hoteles de esta ciudad, por allá en 1897, eran alegres, llenos de viajeros con zamarros, las barandas cubiertas de encapuchados, los alforjones en la sala; del cuarto de los avíos salía un fuerte olor a piel caliente, a ramas amortiguadas en el camino, a cuero de soga.
En los periódicos de aquel tiempo solían leerse anuncios como este, que tomamos del “El Iniciador” de fecha 30 de mayo del año citado: “de gratis da Cecilio Torres en el Hotel Manizales al que dé razón del paradero de una mula colorada, matada en ambas costillas. Herrada de cuatro patas, que se salió de una manga el miércoles pasado por la noche”.
(Calderón, T. (1944). Revista del Centenario)
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