LOS TÍTERES DE MANUELUCHO

Hace 100 años el pueblo de Manizales se deleitaba con las funciones de Sergio Londoño, en su teatrillo lleno de marionetas, que representaban la cultura regional. Dos escritores se preocuparon por la vida y la obra de este personaje, el doctor Ernesto Gutiérrez Arango en un ensayo titulado Manuelucho Sepúlveda. La mera astilla remediana (1993), y Tomás Calderón en Maese Sergio Londoño (1944). Este personaje nació en Abejorral, en 1880, en un hogar campesino; desde muy niño mostró inclinaciones por las artes plásticas lo que molestaba a sus padres, para quienes dibujar y hacer muñecos de barro eran labores de mujeres. Asistió a la escuela pública y sorprendía a los compañeros y a los maestros porque hacía hablar a sus muñecos por medio de diferentes voces, de acuerdo con cada personaje. Participó en la Guerra de los Mil Días, como soldado, en el ejército del Partido Conservador, y peleó en la batalla de Palonegro. Obtuvo el grado de capitán y fue comandante del Batallón Carolina. Terminada la guerra trabajó de patrullero en el río Magdalena, después viajó a Medellín y se integró a la Banda de música de la Policía. Regresó a la población de Abejorral para visitar a su novia y como no era del gusto de sus padres abandonó la casa paterna y se fue para Filandia, importante pueblo del Quindío en el departamento de Caldas. Pero en el año 1914 emigró con su esposa Teresa Vásquez Ortiz y con sus tres hijos a Manizales, que ya era considerada una capital donde un artista podía vivir de su trabajo.

Estaba recién llegado y ocurrió algo extraordinario en su vida: un ciudadano extranjero de apellido Gallet, lo invitó para que lo acompañara a la selva del Caquetá para estudiar medicina natural con los indígenas; aprendió a preparar pócimas medicinales y regresó a Manizales. Aquí puso un puesto en la plaza de mercado utilizando como gancho o señuelo un títere para atraer la clientela. En un pequeño teatrillo intervenía un muñeco llamado “Chepa”, que hablaba sobre las bondades de los medicamentos; así aumentó la clientela y las ventas. Fue esta forma de hacer propaganda la causa o la chispa que lo impulsó a organizar un teatrillo de muñecos que fue el futuro de sus éxitos, en Manizales, donde según noticias, en esa época un artista no moría de hambre y podía vivir de su oficio.

Sobre esta etapa de su vida, incluyendo las aventuras en la selva, Sergio Londoño escribió un diario, pero se perdió el manuscrito. Sergio se cansó de vender medicamentos y como era tan buen dibujante se empleó como creador de avisos para las presentaciones artísticas en los teatros Olympia y Escorial, que eran los únicos del pueblo. Pero en esa época también había espectáculos en casas de familia y se adecuaban salones para las funciones y Sergio decoraba estos locales y hacía los avisos. También elaboraba la propaganda para los negocios comerciales.

Sin embargo, hubo un hecho que cambió su vida; llegó a Manizales don Juan Casola, un titiritero español, quien recorría las poblaciones en giras artísticas. En Manizales quedó maravillado cuando conoció las especiales condiciones de Sergio, sobre todo su capacidad para imitar las voces humanas, masculinas o femeninas, de niños o ancianos y las que imaginaba de demonios, brujas, trasgos y fantasmas. Casola lo invitó para que se uniera a su grupo y recorrieran juntos el país en giras artísticas, pero Sergio no quiso abandonar el pueblo; entonces el español le regaló 14 muñecos y le enseñó la técnica para manejarlos.

Hacia 1922 empieza la verdadera carrera artística de Sergio Londoño cuando elaboraba muñecos salidos de su imaginación: el personaje principal es Manuelucho Sepúlveda, la “Mera astilla remediana”; Cuncia, su novia, mujer mayor que él en edad, tenía algo de dinero, poseía una pequeña finca y muy enamorada de Manuelucho; ella fabricaba aguardiente de contrabando y él lo distribuía. Otros dos personajes eran los sacerdotes Asmita y Mafafo, dos curitas de misa y olla, ingenuos e ignorantes, tocados por la gracia divina de la simplicidad; estaban, además, la Muerte y el Diablo; y la Chupamuertos y la Gripa Chumacera, que eran espantos y fantasmas que atormentaban a Manuelucho en sus frecuentes guayabos; don Absalón, capitalista y terrateniente usurero, muy aficionado al dinero pero le cumplía al padre Asmita, con la plata de los diezmos, sin embargo le rebajaba para que no mermara el patrimonio. Y la Bruja, “fantasma medieval” y otros personajes menores, como María Natalia, Matildita, los hermanos Tarugo, Matroca López y otros.

Estos personajes hablaban con un lenguaje típicamente antioqueño, con su entonación característica y sus palabras peculiares y a veces subidas de tono, que hacían las delicias de niños y adultos, de letrados y de gente sencilla; estas presentaciones se realizaban en un medio todavía pueblerino; todos admiraban la gracia del vocabulario de estos muñecos cómicos, la ingenuidad de los diálogos y sobre todo la habilidad y originalidad del intérprete que, sin libreto, representaba él solo a todos los personajes que su imaginación había creado, con sus voces diferentes, manteniendo siempre el interés  del público que se admiraba y se reía al ver y oír aquellas representaciones ingenuas, pero a veces trascendentales como la índole de nuestro pueblo, sufrido, católico y sentimental. De acuerdo con el doctor Ernesto Gutiérrez, el teatro de títeres de Sergio Londoño cumplió con las reglas fundamentales del teatro de ese género: “espíritu de improvisación, audacia del gesto y libertad del lenguaje”. Y agrega que este personaje, este artista, fue un genuino, original e importante representante del folclor popular y particularmente antioqueño; y que “en las raíces de nuestra vida popular y sus manifestaciones culturales, religiosas y afectivas, reside la base de nuestra nacionalidad”.

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